SAGA DEL CENSOR
No está mal un poco de música. No
cuando caen las esquirlas del invierno
y la luz es un poco de mansedumbre y desapego.
Alguien pronuncia sus arañas marchantes,
aquellas provincianas y líricas como la daga;
las pronuncia, y sobre todo, si le falta
un ardid de sus antepasados en la cerveza;
el ángel libérrimo de la soledad
que todo lo escucha y lo transfiere
al mercado del bienestar y los relojes.
No está mal un poco de música.
No está mal. Sobre todo hoy, noria visceral,
en que unos remansos míos se ahorcan sus duendes.
No hoy que el ser filial acampa más al sur.
No ayer que la sed fue íntima y frugal
como manta nueva en el camastro de un paria,
corazón cuarteado esa luz que lo despierta.
No mañana que mi hijo me viste de estudiante
y la mochila de sus porvenires enciende la mesa
y pone estrellas gemelas y palabras azules
a desayunar los rincones más corceles del alma.
Y tironea de la risa como si siempre.
Como si nunca fuera a faltarnos el talismán.
No está mal, les decía,
olvidar por un violín anárquico
los decires rutinarios, inconclusos y tramposos,
el vendaval del que calla y sabe la ronda
del fuego contra la ventana de la costumbre.
Ventana no de olvido. Más bien serenata.
Una tempestad como moneda de cambio legal;
un clima solidario y sonoro
del que nos falta para negociar la calma,
los registros banales en el cofre del pirata
por una otredad menos ceremonial.
No está mal un poco de música,
de risa filial;
sobre todo si el censor es cuerdo
y le faltan esquirlas a la daga de mis sueños.
No está mal desnudarnos frente a los incrédulos.
No está mal, les aseguro. Nada mal.
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